15 junio, 2026
Padres y madres GPS

La generación actual de padres y madres probablemente sea la que más tiempo, energía, dedicación y recursos ha dedicado a la infancia de sus hijos e hijas; extraescolares, campamentos, refuerzos, actividades de fin de semana y ocio dirigido de lunes a domingo suelen ser quebraderos de cabeza y de cartera ante los que nunca hay suficientes respuestas. La intención es buena porque lo que buscamos casi siempre es darles oportunidades, no dejar que se queden atrás y proporcionarles estímulos de calidad mientras se preparan y adquieren conocimiento, pero también es verdad que a veces sucumbimos a la presión externa sin preguntarnos realmente qué necesitan los más pequeños.
El miedo que organiza agendas
Detrás de la infancia más planificada de la historia hay, en gran medida, miedo a que el tiempo libre se desperdicie, a que otros niños avancen más rápido, a que una oportunidad no aprovechada cierre alguna puerta en el futuro o a que los niños se aburran y haya que encontrarles algo que hacer en el momento en que sientan frustración y surjan las peleas. Las redes sociales no ayudan a que esto sea un poco menos pesado, porque ahí siempre hay otra actividad, otro campamento, otro enfoque educativo que parece imprescindible y otros padres que, seguro, lo hacen mejor. Pero no. La pregunta que raramente nos hacemos en ese estado de alerta es si estamos preparando a nuestros hijos para la incertidumbre o si estamos intentando eliminarla nosotros mismos antes de que ellos la encuentren.
Lo que ocurre cuando nadie les dice qué hacer
La autonomía se puede explicar, y unos cuidadores que guían y dan pistas son más que necesarios para que el o la menor no se sienta desamparado, pero también se construye mediante experiencias, y muchas de ellas requieren un margen de error que los horarios muy apretados no permiten. Por ejemplo, un niño o una niña que organiza su propia merienda, prepara su mochila y decide cómo invertir una tarde libre sin que nadie le proponga opciones, aunque esté bajo vigilancia para que no elija nada nocivo, como pasar 5 horas delante de pantallas, está entrenando algo que ninguna actividad extraescolar puede replicar: la capacidad de tomar decisiones propias y asumir sus consecuencias.
Los más pequeños deben aprender a gestionar una pequeña frustración, resolver un conflicto con un amigo sin que un adulto intervenga de inmediato (aunque siempre estemos cerca para echar un cable cuando se necesite), equivocarse en algo y pensar en cómo solucionarlo. Todas estas son experiencias que parecen menores, pero que, acumuladas, construyen recursos internos duraderos y muy útiles..
El valor educativo de perderse un poco
Existe una relación directa entre la incertidumbre y la creatividad. Cuando todo está previsto, la iniciativa personal no tiene dónde manifestarse, pero los espacios poco estructurados, esos en los que no hay un objetivo claro ni un adulto que ordene cada movimiento, sino que se supervisa que todo el mundo esté bien y a salvo, son donde nace la exploración genuina. Muchas de las competencias que más valoramos en los adultos, como la iniciativa, la resiliencia, la creatividad y la tolerancia a la frustración, nacen en esos momentos que tendemos a considerar tiempo perdido.
Acompañar sin dirigir
El cambio de ordenar el tiempo a estipularlo en conjunto exige ajustar el tipo de presencia. Siempre intentaremos dar opciones en lugar de instrucciones, esperar un poco antes de intervenir cuando surja un problema, cambiar «haz esto» por «¿Qué crees que podrías hacer?» y permitir que resuelvan conflictos acordes con su edad, sin que el adulto tome partido ni decida el resultado. Todas estas pequeñas acciones que, sí, necesitan del ejercicio de la paciencia y de dejar que las cosas ocurran, son necesarias para una vida adulta plena.